Libre expresión, libre de bulos

Hay ocasiones paradójicas en las que las voces más autoritarias se escudan en un principio fundamental, como el de la libertad de expresión, para poder justificar su estrategia de comunicación disruptiva. Que apelan a la libertad de expresión como a la patente de corso para poder declarar o verter lo que les venga en gana, aunque para ello tengan que obviar algunos factores que deben acompañar a todo mensaje en la esfera pública, sobre todo, la veracidad. Minucias.

La libertad de expresión es un derecho fundamental y, como tal, va acompañado de sus preceptivas garantías y límites. El derecho a la libertad de expresión se formula en la Constitución, junto al de recibir una información veraz. Cuando alguien opina, critica, propone o se expresa, puede hacer uso de toda la libertad y creatividad de la que sea capaz, pero se topa con límites que garantizan que este derecho sea justo para el conjunto de la sociedad. Uno de ellos es la mentira. Por tanto, los bulos, tan tristemente célebres en la actual crisis derivada de la pandemia del Covid-19, no se encuentran bajo el amparo de la libertad de expresión. No somos libres para mentir a nuestro antojo. Afortunadamente.

Recordemos que los bulos no constituyen únicamente una mentira, conforman un maléfico perfeccionamiento del fraude. Se erigen como embustes planificados. Una falacia concebida para un fin y enfocada hacia un objetivo interesado y perverso. Contra este ataque al derecho que todas las personas tenemos a recibir una información veraz, es preciso que nos defendamos, con todos los medios y recursos al alcance. Con todas las garantías, por supuesto, pero con tolerancia cero.

Que el contexto marca la decodificación pública del mensaje es una máxima el esquema comunicativo. Más en el actual ecosistema de la comunicación: un país azotado por una pandemia, con una gran parte de la actividad económica paralizada y la población confinada en sus domicilios con un alto consumo de información, especialmente en redes sociales y a través de cadenas de mensajería instantánea. En este contexto asistimos a un concurso en el que parece que el premio es para quien comunique el bulo más malévolo y desproporcionado. En este aspecto los partidos de la derecha y la ultraderecha llevan meses poniendo el listón cada vez más alto, llegan al presente marco excepcional con sobrado rodaje y el entorno social de miedo, desempleo, descenso de la actividad económica e incertidumbre en el futuro le proporciona el acelerante necesario para propagar sus perversiones comunicativas, lo saben, y por eso suben el diapasón de los bulos y los exabruptos.

Aunque no es nuevo este proceder, lo están exacerbando, doblando la apuesta, jugándoselo todo al bulo. Por ello es preciso estar alerta, no podemos acostumbrarnos a que estas prácticas formen parte de la cotidianeidad de nuestra comunicación pública. Y mucho menos que produzcan un efecto arrastre, una escalada del bulo en forma de réplica y contrarréplica. Es urgente acotarlos, aislarlos, a estas manipulaciones sí que hay que ponerlas en cuarentena y confinarlas sine die. Maquiavelo formuló aquello de que el fin justifica los medios, en este caso el fin y los medios son injustificables.

La actitud de crear cuentas falsas en redes sociales, pagar cuentas fake o bots para ganar likes con automatismos es hacer trampas, estrategia de cloaca, engañar, jugar sucio, con el agravante de que lo hacen en la escena pública, en el espacio de los intereses generales, en esa esfera que debe estar reservada a valores como la pluralidad, la veracidad, la participación o la búsqueda de consensos, nunca a la mentira.

A quienes propagan mentiras y odio urge apartarlos. No se puede tener conciencia de estas prácticas y tolerarlas, normalizarlas, considerarlas parte de su modus operandis. No todo vale. Tomar sin permiso de su autor una fotografía de la Gran Vía madrileña vacía y manipularla atiborrándola de ataúdes con banderas y crucifijos alineados, por ejemplo, sea para atribuirlos a la mala gestión del gobierno o por cualquier otro motivo, no es una estrategia comunicativa agresiva, es ser mala persona. Es instalarse en el cuanto peor mejor y escenificar una orgía fúnebre para provocar los más viles sentimientos en busca de la rapiña electoral.

No se puede continuar inmunizándolos en base a su sobreexposición a la mentira. Se les da pábulo con la difusión de cada exabrupto, no vale quitarle hierro apuntando que es lo normal porque “viene de la ultraderecha”, un término que actúa como envoltorio que les abriga y les da el derecho a exponer toda barbaridad. Es necesario denominarlos por la motivación, los objetivos y los contravalores que laten tras cada una de sus iniciativas deplorables, otorgarles la carga de significación precisa, para dimensionarlos en su justa medida: racistas, cuando atacan a otras personas considerándose superiores, puros y únicos con derechos;  manipuladores, cuando tuercen las verdad con fines interesados; machistas, cuando atacan la igualdad de mujeres y hombres; xenófobos, cuando propagan el odio a personas extranjeras, especialmente las que tienen menos recursos económicos; calumniadores, cuando vierten odio envuelto en falacias; malvados, cuando la maldad impulsa su acciones; corruptos, cuando están corrompidos o corrompen; violentos, cuando lanzas ataques y propagan el odio; fraudulentos, cuando infringen leyes; mentirosos, cuando mienten… Sin etiquetas normalizadoras.

El odio, la mentira, la manipulación, las trampas, el insulto, la calumnia no son estrategias válidas en democracia, en un estado de derecho, en el marco de los derechos humanos y las libertades públicas. En la convivencia. Al adversario político hay que escucharlo, atenderlo si tiene razón y desmontarlo cuando no la tenga. A los gobiernos pedirles una comunicación institucional transparente, fidedigna, completa y siempre enfocada hacia el servicio público. Es necesario plantear y confrontar alternativas. Al igual que exigir una construcción de una comunicación lo más socialmente permeable y plural posible, con canales de participación ciudadana estables y con capacidad de influencia. Pero los adversarios de la libertad, de la legalidad, de los valores éticos más elementales, no son tolerables. Hay que aislarlos. Lo tienen que hacer los medios de comunicación, las redes sociales, las instituciones, la ciudadanía. Todos. No es materia de debate. Nuestra convivencia se sustenta sobre esos valores. Son las reglas. Quien no las cumple tiene que quedar expulsado del tablero.