Teletrabajo en los tiempos del coronavirus

Hace tan solo tres semanas que el Gobierno decretó el estado de alarma y las medidas de confinamiento*. Breve lapso en el eje cronológico de la Historia, pero lo suficientemente intenso para haber logrado alterar nuestras rutinas y dinamitar nuestras expectativas vitales. Atrás quedaron mis jornadas laborales con un mínimo de 130 kilómetros diarios de desplazamientos en coche, tren, bici y andando. Ahora toda mi jornada laboral se desarrolla en unos cuantos metros cuadrados. Y a los rostros anónimos y diversos del vagón del Cercanías o de los viandantes con los que me cruzaba por La Alameda en la hora punta, les han sustituido la familiaridad de las facciones de mi mujer y mis dos hijos, únicos humanos con los que me cruzo en el trayecto laboral desde el pasillo al salón o del salón al dormitorio.

Si llueve fuera, el último pensamiento ya no es para coger el paraguas. Ahora lo que más me preocupa de lo que ocurre en el exterior son las noticias acerca de la progresión de los contagios, los hospitalizados, los fallecidos, los dados de alta. Y las informaciones en relación con la catástrofe social y económica sobrevenida. La calle es un espacio para lo inquietante, la incertidumbre y el miedo. Pero la vida sigue mientras sucede la pandemia. Tiene que seguir. Y tenemos que seguir trabajando, estudiando, relacionándonos, temiendo, soñando… viviendo.

Y en esa estamos desde hace ya tres semanas. Aunque yo mismo me sorprenda al ver mi casa convertida en un ‘call center’ en cualquier mañana de la nueva rutina. La estampa cotidiana en estos días pasa por el salón convertido en un improvisado plató en el que mi mujer emite un directo por Instagram o Facebook para el alumnado y seguidores de su taller de música para bebés; un dormitorio que se transmuta en el aula de 5ºB del Colegio Platero a través de una clase magistral online mediante Zoom, empleando como instrumental de comunicación aquel teléfono móvil que ha cobrado nueva vida, recién rescatado de la obsolescencia tecnológica de la que pensábamos que ya no iba a salir nunca. Otra habitación acoge un examen de Física y Química de 2º de ESO, gracias a la tablet prestada por su ‘tita’ el adolescente alumno puede devanarse los sesos a contrarreloj para saber si tal o cual acción constituye una fuerza estática o dinámica, mientras él, eso sí lo tiene claro, permanece estático en casa frente a la pantalla. Y yo, por Skype, en el balcón con mi móvil y los auriculares coordinando acciones, compartiendo informaciones y estrategias con mis compañeros, desconectándome definitivamente del malherido wifi y los estertores que emiten sus ondas bloqueadas por la profusión de recepciones y emisiones. Confío toda la continuidad de mi actividad a los benditos datos móviles, pensando en segundo plano que quienes se abalanzaban sobre el papel higiénico ante el temor al desabastecimiento se equivocaban, si había algo útil para acumular eran megas de navegación.  Y también pienso por qué envíe mi portátil a los talleres de HP, en algún lugar de la península de cuyo nombre no quiero acordarme, solo unos días antes del decreto de alarma, para que siga allí, cuando más dependencia de él tengo, y no pueda recuperarlo hasta que termine la pandemia. Por qué lo envíe, si lo único que no funcionaba era la entrada USB y con el Drive puedo suplirla.

En estos pensamientos recorro el salón pegado a la pared, para no colarme en el plano de un directo de redes o de una clase on line de primaria. Y todo para seguir con mis tareas: Whatsapp, Telegram, cuentas en redes sociales y correos electrónicos, comunicados de prensa, más redes sociales, lecturas, escritos y ¡ni un solo café!, más allá del que acompaña mi desayuno, la que creía mi dependencia del café se ha desvanecido con el confinamiento. Y sigo, un ojo a las lentejas y vuelta al documento de texto. Y luego, cuando ya he perdido el turno en el ordenador familiar, a la terraza a seguir compartiendo propuestas en los grupos de mensajería instantánea en los que ya hace tiempo que prohibimos todos los memes. Sí, ese tan gracioso, también. Todos.

Pero vamos superando días y semanas. La vida desde el origen de las especies es adaptarse a los hábitats, a las circunstancias. Y en eso es en lo que estamos ahora. En casa. Pero pendientes del exterior. Que si ya queda menos para llegar al pico de la curva, que si ya lo hemos alcanzado… Que las medidas de alerta van a seguir… Que ya van más de 11.000 personas muertas en España, más de 120.000 contagiadas y más de 35.000 que han superado la enfermedad. Y más de un millón cien mil infectados en todo el mundo.

En casa se lee más. Y en una de esas lecturas, supe que las medidas para combatir el contagio generalizado en esta pandemia de coronavirus del S.XXI, son muy similares a las usadas contra la plaga de gripe de principios del S.XX. Y me viene a la mente cuando mis padres me hablaban de que debido a las circunstancias socioeconómicas de la posguerra en su infancia convivían en una misma habitación todos los miembros de la familia, todo el tiempo. Y veo que por mucho que pasen los años, avance la ciencia, la tecnología y hasta podamos teletrabajar, a final el hilo conductor sigue siendo el mismo, la unidad, la complicidad, la cooperación como mecanismo para adaptarnos, resistir y vencer. Para sobrevivir coyunturas y superarnos como comunidad.

Y ahora nos toca ser pacientes, seguir quedándonos en casa, compartir wifi y, sí, afortunadamente, teletrabajar, porque son cientos de miles quienes han perdido el empleo sin posibilidad de teletrabajo y viven con el corazón en vilo, pendientes de que se hagan efectivas las medidas sociales aprobadas por el Gobierno. Tengo claro que como seres racionales tenemos que aprender de esta circunstancia y, en todo momento, huir de pensar en la adaptación o la salvación de forma individual, egoísta.

Y está claro que a raíz de la emergencia sanitaria, la crisis económica, social y de empleo vendrá. En realidad, ya está aquí. Por ello es preciso que cuando salgamos a la calle, o cuando interactuemos con la calle, lo hagamos con la misma intensidad que lo hacemos cuando nos quedamos en casa junto a los nuestros. Que nos preocupe tanto tener reservas de spaghettis y papel higiénico en casa que empleo y servicios públicos para todos en la calle. Que pongamos las mismas energías y la misma vehemencia para conseguir una gel hidroalcohólico para desinfectar nuestras propias manos que para que tengamos garantías de empleo, sanidad, servicios sociales y una comunicación pública libre de toxicidad para todos.

E, incluso, igual, cuando todo pase, tendremos que seguir teletrabajando, al menos un día a la semana, si con ello se reducen desplazamientos innecesarios, rebajamos el colapso de carreteras y las emisiones de dióxido de carbono y logramos reducir la huella ecológica poniendo de una vez por todas la calidad ambiental como una prioridad real. La clave de la adaptación a un hábitat, desde el principio de las especies así ha sido, es encontrar el equilibrio. Y tendremos que encontrarlo, esta coyuntura tiene que ayudarnos. Y la justicia social ha de ser un factor irrenunciable en esta ecuánime ecuación.

*Según el diccionario de la Real Academia confinamiento significa: “Pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio”. Nada tiene que ver con nuestro quedarse en casa, pero quién se atreve a estas alturas a llevar la contraria, por más respaldo que encuentre en el diccionario.