El virus del odio

Quien piense que propagando odio vamos a superar esta crisis sanitaria, social, económica, ideológica y de valores, es que no ha aprendido nada.

Nos encontramos ante lo que es y por décadas será un acontecimiento generacional con consecuencias y repercusiones aún por descifrar, experimentar y cuantificar. Y, como tal, supone un revulsivo para nuestro escenario y nuestras dinámicas vitales que ha de llevarnos a cuestionarnos y a redefinir nuestra escala de prioridades y valores, en el aparatado individual y en el plano colectivo. Y ahí desembocamos en la primera de las transformaciones necesarias: el futuro -ya nuestro presente- no se puede construir desde el individualismo. O nos salvamos todos, o no hallaremos salvación posible.

Yo apoyo un Estado y unos servicios públicos fuertes. Antes, durante y después de esta crisis.  Unas instituciones que defiendan los derechos y las necesidades de cada una de las personas agrupadas en el concepto irrenunciable de colectividad, para el caso sinónimo de comunidad, humanidad y solidaridad.

En estos días nos topamos con quienes no quieren aprender  a ver la fragilidad y la volatilidad del individuo. Muchos de esos, son los mismos que durante los últimos años han criticado las medidas y las movilizaciones para fortalecer el Estado y los servicios públicos. Aquellos que lo han ido adelgazando hasta encajarlo en el patrón de la talla ‘xs’ de la anorexia neoliberal con la privatización de las empresas de los sectores estratégicos, los recortes en servicios públicos y en derechos laborales y sociales, a la vez que mutilaban las libertades con leyes mordaza para imponer la docilidad ante el sometimiento.

Esa es la concepción de afrontar el mundo de quien se siente fuerte porque detenta el poder económico y quiere más, lo quiere todo. Por eso, cuando llega la amenaza, la pandemia, se afana por salvar lo más valioso: la economía antes que las personas. Ahí están los partidos de la derecha y la ultraderecha en España y, como referentes, los gobiernos de EEUU, Reino Unido o la Unión Europea.

Y con la ciudadanía en casa y las redes sociales como foro global de información e interacción, la manipulación, la desinformación y la intoxicación se propagan. Y la curva del odio que difunden es más vertiginosa que la de los contagios. Nos hallamos ante una emergencia sin precedentes modernos, inimaginable y, sin embargo, se dedican a verter críticas descarnadas sobre la reacción del gobierno: los tiempos, los medios, los recursos… Y no ya pidiendo responsabilidades, señalando los puntos débiles y proponiendo mejoras. No desde la mano tendida y la ofrenda de acciones e ideas. Directamente solicitando dimisiones o, con impúdica mezquindad, colgándole los muertos, con nombres y apellidos, a los responsables del Gobierno.

Yo apoyo a este gobierno y a sus medidas. En estos tiempos, más aun si cabe, urge dar la cara y expresarse con claridad. Y lo apoyo porque las decisiones adoptadas desde el primer día están muy lejos de las que la derecha y la ultraderecha que ahora propaga el odio aplicó en la anterior pandemia global.  Entonces, en 2008, fue una pandemia de naturaleza económica, el crack de la estafa neoliberal provocó una curva con picos también insospechados de desahucios, desempleo y pobreza. Donde aquellos gobernantes aplicaron como receta los recortes en sanidad, educación, pensiones, servicios sociales, sueldos públicos, la aniquilación del Estado, la reforma laboral contra la clase trabajadora, el rescate multimillonario a la banca, la modificación de la constitución para blindar el déficit cero frente a las necesidades sociales o los planes de ajustes a ayuntamientos; en el eje opuesto, el gobierno actual ha dicho a la banca que ponga el freno al decretar una moratoria de las hipotecas, ha inyectado refuerzos económicos a los servicios sanitarios y sociales, a los ayuntamientos y a las comunidades autónomas, ha prohibido el despido y ha puesto en marcha mecanismos para salvaguardar el empleo y garantizar unos ingresos de subsistencia con los ERTEs enfocados a salvar la excepcionalidad de la actual emergencia o a la garantía de suministros vitales con la prohibición de cortes de agua, gas o luz.

¡Claro que faltan respiradores y camas en las UCIs y sanitarios en los hospitales y mascarillas y equipos de protección! Pues, precisamente ese debe ser el objetivo, y tenemos que unirnos para alcanzarlo. Fortalecernos todos dotándonos de más recursos humanos, técnicos y materiales para tener los mejores servicios públicos. En sanidad y en todo lo demás. Y, no me cabe duda, la receta para lograrlo es la cooperación, nunca el odio.

Pero incluso cuando el mundo se para y sus habitantes se encierran tras puertas y ventanas, surgen malvados que difunden odio con el propósito de conectar y activar nuestra faceta más miserable. Es lógico que sintamos el vértigo del miedo y la incertidumbre e, incluso, rabia. Mucha rabia. Pero sobre todo eso tenemos que avanzar con firme esperanza: anteponer el disfrutar de la familia y valorar nuestra salud, igual que los rayos de sol que se cuelan por nuestras ventanas o la euforia colectiva de sentirnos pueblo por unos minutos cada tarde en el aplauso terapéutico de los balcones, o disfrutar de cada abrazo y cada beso, de cada apretón de manos, ésos que dábamos ayer sin valorarlos y que con determinación queremos volver a dar mañana para degustarlos con profundo deleite. Tenemos que enfocar toda nuestra energía a reconquistar esos besos y abrazos que nos han sido arrebatados y a darnos un apretón de manos del que ya no nos soltemos jamás. Aprender a valorarlos, una vez que hemos experimentado como nos han sido despojados. Es el tiempo de ser responsables y reclamar con fuerza un Estado que no deje a nadie si cobertura y de que cuidar del planeta deje de ser un eslogan para convertirse en una determinación. Y digo todo ello desde la sinceridad, escurriendo caer en el optimismo cándido, consciente de que la esperanza siempre ha de combinarse con el miedo y el bloqueo defensivo que nos proporciona, como mecanismo necesario para ayudarnos a discernir la mejor salida. La más segura. La más justa.

Confío en nuestros servicios públicos. En nuestra ciudadanía. En nuestra capacidad para superar las adversidades desde la unidad. En nuestro gobierno. Y defiendo que es imprescindible reclamar, reivindicar y proponer. Más que nunca hoy es preciso ser críticos, pero no malvados. ¿Lanzar odio y esperar que todo mejore? Esa es la gran pandemia.