Volver a jugar

Jugar es una buena manera de volver a empezar. Quizá la mejor de las maneras.

Los niños y niñas una vez más nos regalan la posibilidad de inaugurar un nuevo tiempo de esperanza. Ni mascarillas, sean de un lote fraudulento o debidamente homologadas, ni geles hidroalcohólicos, ni guantes de látex, ni mamparas de metacrilato o respiradores. Hoy los objetos protagonistas son balones, patinetes, muñecos, bicicletas y peonzas.

Es falso que la esperanza es lo último que se pierde, en realidad creo que es lo primero que tenemos que ganar. Hoy la discusión no está en si es fundamental desplazarse para ir a la panadería, la frutería, la farmacia, la tienda de informática o por qué también a las peluquerías y lavanderías. Ahora vamos a salir a la calle a jugar. Y es lo primero desde hace más de un mes que podemos realizar sin que tenga que ser considerado de fuerza mayor. Bueno, lo pueden hacer las niñas y los niños, pero también sus madres y padres. Es cierto que durante este mes hemos tenido la oportunidad de jugar, pero de puertas para adentro, en salones, habitaciones e, incluso, en terrazas o azoteas, pero hoy lo haremos en la calle, en la playa o en el bosque, en nuestro radio de acción de un kilómetro de proximidad, en el espacio público, el que nos pertenece a todos. Y lo haremos sabiendo que otros muchos niños y niñas también lo estarán haciendo. Que, simultáneamente, formamos parte de una comunidad. Que hoy en la pandilla se juntan más de 6,5 millones de niños y niñas de toda España. Hoy sentimos que no es solo esencial comer, medicarse y lavarse las manos, también lo es pasear, respirar aire puro y jugar.

Es este confinamiento hemos descubierto un nuevo ágora, como en los barrios obreros lo fueron los patios de vecinos, hábitats referenciales de convivencia, organización colectiva y alianzas, los balcones se han convertido en espacios para la liberación, el agradecimiento, la expresión del sentir comunitario y el agradecimiento sincrónico a los servidores públicos. Pero que los niños y niñas salgan a jugar es un paso más. El siguiente paso. Ahora ya no es un deseo expresado desde un balcón, un dejarse llevar por la euforia colectiva, es un acto cierto, tangible. Recuperamos eso tan valioso, pero tan poco apreciado por constituir algo que creemos que nos corresponde de serie, como es la libertad. Por una hora y vigilada, pero la libertad.

Crecemos jugando. Jugando aprendemos a compartir, a cooperar y a competir, a conocer nuestros límites y a explorar nuestras habilidades, pero llega un día en el que dejamos de jugar para centrarnos en otros menesteres que, erróneamente, consideramos más importantes. Hasta que en situaciones como la de hoy descubrimos que jugar es de lo más importante.

Durante estos cuarenta días he clavado fielmente a diario, desde mi balcón, la mirada en el mar. Lo he oído rugir en las muchas ocasiones en las que se ha presentado embravecido, como partícipe del dolor colectivo; incluso lo he olido, a veces, en el instante en el que caía la tarde y contemplaba desde la terraza el planear difuminado de los vencejos sobre el anaranjado tapiz del ocaso. Hoy podré visitar al mar y mirarlo desde cerca, podré recorrer la playa con la cadencia pesada a la que obligan los pasos sobre los minúsculos montículos de la arena seca. Aunque aún no haya llegado el momento de zambullirse. Es un primer paso. Y, lo más importante, lo podré hacer junto y gracias a mis hijos, para los que quiero un futuro libre de mascarillas y distanciamientos sociales. Una gran razón para intensificar mi compromiso.

En tiempos en los que las multinacionales del automóvil, los fabricantes de electrodomésticos o, como siempre, la Coca-Cola, nos quieren vender la felicidad que está al venir, cuando lo que nos están es emplazando a que nunca dejemos de consumir, tenemos la oportunidad de disfrutar la felicidad ya. La tenemos aquí, con rostro infantil, sin dobleces ni subterfugios.

Aunque pasada una hora haya que volver a quedarse en casa y lavarse las manos con alcohol y devolver la asepsia a balones y patinetes. Hasta mañana, que podrán volver a impregnarse de realidad.

Estaremos a un metro, mejor dos, del resto de personas con las que nos encontremos en la calle, pero nos sentiremos más cerca que nunca, por lo vivido, cada uno en su casa, pero juntos. Por saber que estamos inaugurando la libertad arrebatada y que, aunque ya todo no será igual, no tiene que ser peor. Tendremos que ensayar, esforzarnos, equivocarnos, sufrir, sobreponernos, adaptarnos y reconducirnos, pero tendremos que hacerlo juntos, con el sentido de colectividad como motor de transformación, sabedores de que solo nos salvaremos siendo pueblo. Y poniendo un concepto por delante de todos los demás: lo público. Los servicios públicos, las libertades, los derechos y los deberes públicos y nuestro planeta, nuestros ecosistemas urbanos y naturales, saludables y públicos.

Pero, comencemos por volver a jugar. ¡Hoy toca salir a jugar!