¿Qué votaríamos si hay repetición electoral?

Desde la entrada en vigor de la Constitución de 1978 en España se han convocado diez elecciones generales en el período de 32 años que discurre entre 1979 y 2011. Y otras tres entre 2015 y 2019. Y si hubiese repetición electoral, serían los cuartos comicios en cuatro años o, lo que es lo mismo, durante la hegemonía bipartidista la cadencia  práctica de celebración de elecciones era de una cada 3,2 años, mientras que en la actual fase de mayor multipartidismo se abrirían las urnas una vez al año.

Las motivaciones que impulsan al electorado a decantarse por una u otra opción a la hora de acudir a las urnas son objeto de reflexión desde hace siglos, desde el ‘Puntuario Electoral’ de Quintus Cicerón, datado en el año 53 A.C., en el que ya se aludía a la necesidades de conocer a las personas, sus problemas y costumbres para afrontar con mayores garantías el proceso electoral, a los más modernos y con mayor rigor científico estudios emprendidos a partir de principios del siglo XX, partiendo de enfoques sociológicos y del comportamiento de la sociedad de masas, estudiando motivaciones racionales, la influencia de los medios de comunicación, los factores ideológicos, las coyunturas, la pertenencia de clase o grupo social o los liderazgos de los candidatos. En un abordaje global, lo más prudente es concluir que las elecciones no responden a una ciencia exacta ni a una única motivación, que la ciudadanía acude a las urnas espoleada por factores múltiples.

Incluso así, no es aventurado asegurar, atendiendo a los comicios más recientes, que el componente emocional gana terreno sobre el racional, que la pretendida utilidad se antepone al carácter ideológico y que el contexto y el factor coyuntural condiciona en gran medida el resultado. Las circunstancias especialmente determinantes pueden ser las consecuencias sociales de una crisis económica, la zozobra de la cohesión de la organización territorial o el modelo de Estado, la amenaza a la seguridad pública o un bloqueo institucional como en el que ha encallado la conformación de un nuevo ejecutivo en España.

Y aunque estemos focalizando una situación interna de nuestro país, no debemos desgajarla de un contexto internacional caracterizado por la polarización y el auge de tendencias extremistas en el ala de la derecha, como las que han arrojado los resultados electorales en potencias influyentes como EE.UU., Brasil o Italia. O la crisis surgida en Reino Unido, con las consecuentes réplicas a la Unión Europea, tras el Brexit, a raíz de un plebiscito en el que el contexto y las posiciones más radicales marcaron el resultado, y han generado un bloqueo parlamentario y una crisis política que ha acarreado la dimisión de la primera ministra Theresa May y que la solución que plantea su sustituto, el conservador y personaje estrambótico, Boris Johnson, vaya a pasar por la artimaña de desactivar temporalmente la democracia con la suspensión del Parlamento para aplicar una salida de la alianza comunitaria por las bravas, que ha generado una fuerte contestación social. Una protesta que brilló por su ausencia durante el contexto de pasividad sufrido cuando se produjo el referéndum causante de todas las actuales consecuencias. En el referéndum del Brexit los británicos votaron -o decidieron no votar- atendiendo a claves coyunturales que han acabado por legitimar una situación con graves consecuencias estructurales en todos los ámbitos. Las políticas están ya. Las económicas y sociales se hallan a la vuelta de la esquina.

Volviendo a España, nos encontramos ante una reciente investidura fallida y una coyuntura política de antesala de un nuevo posible adelanto electoral. Ante las que serían las cuartas elecciones en cuatro años y, no lo olvidemos, con una moción de censura que motivó un cambio de ejecutivo también durante este tumultuoso cuatrienio.

¿Que no se pueda formar gobierno es achacable a que el electorado no sabe votar o a que los partidos no saben gestionar la pluralidad política y se afianzan en la política de trincheras? Lo que está claro es que la democracia no puede ser una suma de habitaciones estancas, ya que es un método de organización que requiere pasillos, puertas y ventanas entre las distintas estancias, para que las conecten y permitan el paso de, al menos, unos mínimos haces lumínicos. Es más, quizá ese pasillo distribuidor sea el hábitat ideal de la democracia, un sistema político que requiere la búsqueda y el encuentro de conectores. La estanqueidad es incompatible con la democracia.

Otra pregunta. Ante unas hipotéticas nuevas elecciones, ¿se votarían políticas o se votaría desde la clave de romper el estancamiento? Si nos decantamos por la segunda opción, estaríamos a las puertas de un incremento de lo que se denomina el ‘voto útil’, que es no votar por tu opción preferente para pasar a votar por aquella selección que más pueda determinar que no gane quien más rechazo te produce. Que gane el menos malo, en definitiva, un abatimiento democrático.

Todo ello en un panorama que demuestra, según varias encuestas realizadas entre los meses de junio y agosto, que la repetición electoral previsiblemente no desbloqueará la situación en relación a las aspiraciones de formación de un gobierno con mayoría estable. Los sondeos marcan algunas notas comunes, en la línea de una subida de las fuerzas más votadas en cada uno de los bloques. PSOE y PP subirían unos puntos, pero el uno seguiría necesitando del insoslayable apoyo de Unidos Podemos y el otro no lograría llegar a los ansiados 176 escaños sumando a los suyos los que obtuviesen unos menguados Ciudadanos y Vox.

Y contamos con otros datos de comportamiento aún más reveladores: el previsible incremento de la abstención y la negativa social mayoritaria a una repetición electoral. El pasado 7 de junio ‘Diario.es’, publicaba un sondeo de Celeste-Tel que arrojaba una subida considerable de la abstención, que alcanzaría a un 32% del electorado, un incremento de 4,2 puntos respecto a las últimas elecciones del 28A. Y ‘La Razón’ hizo público el 8 de agosto otra encuesta, elaborada por NC Report, que apuntaba a que un 48,1% de los electores no quiere una repetición electoral. Ambos datos dan prueba del rechazo que el actual impasse en la formación de gobierno ha generado entre la ciudadanía, que no quiere más elecciones y que, lejos de movilizarse, la tendencia todo parece indicar que sería la de retraerse.

Si a ello le añadimos las predicciones sobre intención de voto que hemos referido y que vislumbran un resultado muy similar en cuanto a la configuración de bloques, que seguiría bastante estática, la repetición electoral más que una solución solo parece una opción para adentrarnos unos pasos más en el actual callejón sin salida.

Lo máximo que lograrían los partidos clásicos del bipartidismo serían algunos destellos de victoria táctica, pudiendo menguar más a los rivales de bloque, consolidando una tendencia a agrupar un mayor número de votos en el eje bipartidista PSOE-PP. Si analizamos que la aparición de nuevos actores políticos, tanto en el bloque de la derecha como en el de la izquierda es explicable, entre otros motivos, como consecuencia de la crisis del bipartidismo, del hastío de la ciudadanía en un sistema de alternancia en el poder de dos actores hegemónicos, que la salida pase por más bipartidismo es toda una grotesca paradoja. Una formulación del eterno retorno extrapolada a la política.

Votar es una virtuosa costumbre, una sana gimnasia democrática, que hay que fortalecer. Tenemos ejemplos muy positivos en la esfera del gobierno local con mecanismos de inclusión de la ciudadanía en la toma de decisiones como los presupuestos participativos, las consultas sociales sobre proyectos estratégicos o las normativas que conciernen a la convivencia o los derechos fundamentales. También sonados episodios de ausencia de votaciones cuando se han tomados decisiones muy influyentes como la modificación del artículo 135 de la CE y la debilitación del estado social sin convocar referéndum alguno. Pero lo que está en juego con la repetición electoral no es un mecanismo de fortalecimiento democrático para posibilitar una mayor representatividad e influencia ciudadana, como ocurre con la democracia participativa o los mecanismos de democracia directa. Nos encontramos en lo que en el juego de la oca supone caer en la calavera, la que te obliga a volver a la casilla de salida.

Mi análisis, en el plano objetivo, atendiendo a los datos ofrecidos en esta breve reflexión, y a un enfoque más subjetivo, amparado en mi concepción de la democracia como el mejor sistema político, es que en el contexto actual en España lo idóneo no son unas nuevas elecciones, considero que es el tiempo para la política. La política es diálogo, acuerdo, poner el interés general por encima del particular, el del Estado por encima del de los partidos. Estamos en el trance de avanzar hacia una maduración democrática, primero desde la esfera política, pero que también ha de extenderse al ámbito social. La ciudadanía ya ha votado, y con una cadencia temporal inusitada, ahora se trata de que los representantes electos sean responsables y consecuentes con ese resultado. También de que extraigan conclusiones generosas y prácticas de la investidura fallida del pasado mes de julio. No es el momento para que los dirigentes políticos, como si se tratase del patio de un colegio, devuelvan la pelota para que la ciudadanía les configure los equipos porque son incapaces de confeccionarlos ellos solos. Es el momento para que sepan hacer sus propias alineaciones y luego desplegar una estrategia de equipo durante el partido basada en el fair play y en un juego de combinación alejado del resultadismo.